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Las Madres

 

En cierta ocasión, un grupo de mujeres reunidas una tarde tomando café, presumían un poco de sus logros profesionales.

Una hablaba de la maestría que estaba sacando, otra del puesto en una compañía importante, otra de su propio negocio y así todas fueron hablando de sus ascensos y logros.

Entre el grupo había una señora muy callada a la que Le preguntaron a que se dedicaba; ella con un tono de vergüenza respondió que se dedicaba al Hogar, era Ama de Casa.

Una psicóloga que estaba presente salió inmediatamente en su defensa y le

Dijo: "¿Qué sería de este mundo si se hubieran extinguido esas valientes "Madres de Familia?" y le recordó que la empresa de la que ella era presidenta, gerente y operaria jamás se podría igualar.

Una Madre en el único lugar que es insustituible es en su propio hogar.

Cualquier mujer puede ser sustituida en cualquier cargo laboral, menos en su propio hogar.

La sociedad consumista ha hecho que se menosprecie su labor porque aparentemente no produce ingresos a la familia. No hay nada más equivocado, pues una Madre es la cabeza de la institución que representa la base de la sociedad. La empresa que dirige se llama FAMILIA y su producción es nada menos que todos Los hombres y mujeres profesionales del futuro.

Cuando una Madre cura las raspaduras de su hijo en Las rodillas o es chofer de ellos en las tardes o va al supermercado para que todos tengan algo que comer, es en ese momento que ocupa el cargo de "GERENTE DE SERVICIOS GENERALES".

Cuando la vemos explicando difíciles divisiones con decimales a sus hijos o enseñándoles educación y respeto ocupa el cargo de "GERENTE DE RECURSOS HUMANOS"

Cuando se Le oye hablar de todas Las cualidades de sus hijos, es una "GERENTE DE MERCADO", pues nadie cree tanto en su producto como una Madre de sus hijos.

Su Horario: ILIMITADO

Su turno laboral puede empezar en la madrugada con el llanto del bebe con Hambre, puede seguir el resto del día encargándose de que todo en la casa funcione bien.

Por la tarde es chofer, la profesora de sus hijos. Por la noche, la esposa amorosa que escucha y atiende a su esposo y ella puede seguir levantada esperando a que su hijo adolescente llegue de la fiesta.

Cuando tiene un rato de descanso, no deja de pensar en sus funciones. No puede delegar su trabajo porque al imprimirle tanto cariño es casi imposible encontrar personal capacitado para igualarla.

Ella no puede encargarle a la secretaria la transmisión de valores, de moral, de principios, ni mandar por fax el beso de Las buenas noches.

Su Salario: INALCANZABLE

De hecho, ella misma no concibe la idea de recibir nada a cambio porque lo hace por amor. Algún día de las madres recibe una flor, un dibujo con brillantes crayolas o la estrellita en la frente de su hijo? Con esto siente que le han dado el mejor de los ascensos.

Pensión de Jubilación: Nada de esto recibirá, más bien después de 14 o 18 años de inalcanzable trabajo será aparentemente despedida sin prestaciones cuando le dicen, "Por favor mamá, no te metas? Es mi vida".

El médico, empresario, artista, sacerdote, ingeniero, abogado, doctora, arquitecto, etc., que entregan sus vidas a otros han salido de esas empresas llamadas "FAMILIAS".

Esos grandes profesionales son sus logros, honores, trofeos y diplomas.

UN ABRAZO PARA TODAS ESAS ORGULLOSAS MADRES.

Despertar

Hoy despierto de una pesadilla, ufffff de la cual aprendí muchísimo, aprendí

Que la vida solo es una, y hay que vivirla intensamente, aprendí que la soledad

Y el temor no son buenos compañeros cuando solo son excusas para no

Enfrentar el presente y no dejar atrás el pasado, comprendí, que la vida es una

Constante lucha para alcanzar sueños y forjarnos metas y que la felicidad esta

Dentro de nosotros y de nosotros depende vivirla, aprendí que el amor es un

Sentimiento muy hermoso y que vale la pena vivir, así sea un minuto o una

Vida, aprendí que los verdaderos amigos aun en la distancia ahí están,

Dándote su apoyo y su cariño incondicional.

Hoy…. Estoy completamente convencida que amo la vida y que voy a disfrutar

Cada minuto de ella, que las caídas son aprendizajes que vale la pena vivir si

De ellos aprendemos a ser mejores seres humanos, aprendí que cada persona

Que aparece en tu vida es por alguna razón, algunos solo pasan, pero los

Valiosos esos Se quedan.

HOY.. Quiero gritar ¡estoy viva! Y voy a hacer lo posible y lo imposible, para

Hacer de mi vida un santuario, y porque no , compartirla contigo .

Desde la oficina.Buenos días a todos y feliz día.

 

Buenas tardes a todos

  Por que no dejamos atras las antiguas rencillas y empezamos como si nada hubiese pasado ,una etapa nueva? Acaso sirve de algo estar dando vueltas y vueltas a algo en que las dos partes tuvimos la culpa? no pienso que saquemos nada en limpio Los que se fueron tendran sus motivos para estar en  un sitio privado , donde ningun anonimo les moleste ,pero no podemos dejar que el blog de Barbacana vaya a la deriva asi que venga animaos todos y dejar vuestros escritos

 Un saludo

Un voto

El drama se hundía. Ya era indudable. Los amigos que rodeaban a Pablo Leal, el autor, entre bastidores, ya no trataban de animarle, de hacerle tomar los ruidos que venían de la sala por lo que no eran. Ya no se le decía: «Es que algunos quieren aplaudir, y otros imponen silencio». El engaño era inútil. Callaban los fieles compañeros que le estaban ayudando a subir aquel que a ellos les parecía calvario. El noble Suárez, el ilustre poeta, vencedor en cien lides de aquel género... y derrotado en otras ciento, estaba pálido, tembloroso. Quería a Leal de todo corazón; era su protector en las tablas; él le había aconsejado llevar a la escena uno de aquellos cuadros históricos que Pablo escribía con pluma de maestro, de artista, y con sólida erudición. Creía, por ceguera del cariño, en el talento universal de su amigo, de su Benjamín, como él le llamaba, porque veía en Pablo un hermano menor.

«¡Cuánto padecerá! -pensaba Suárez-. Es más nervioso que yo, mucho más; es primerizo, y ¡yo, que ya estoy hecho a las armas padezco tanto cada vez que pierdo una de estas batallas!». Era verdad que él padecía mucho. Conocía al público mejor que nadie; sabía que era un ídolo de barrio... y le temía con un fetichismo artístico inexplicable. No era Suárez de los que creen que cuarenta o cuatro mil necios sumados pueden dar de sí una suma de buen criterio; despreciaba en sus adentros, como nadie, la opinión vulgar; pero creía que al teatro se va a gustar al público, sea como sea. Y transigía con él, y procuraba engañarle con oropel que añadía al oro fino de su ingenio; y como unas veces le aplaudían el oro y le silbaban el oropel, y otras veces al revés, y otras se lo silbaban todo por igual, o todo se lo aplaudían, insistía, desorientado, en su afán de vencer; pero daba mil tropiezos en aquella guerra indigna de su mérito, y a los estrenos iba a ciegas siempre, esperando el tallo como si fuese la bola de una ruleta que no se sabe dónde va a parar.

Y padecía infinito las noches de estreno. No comió aquel día; se le iba el santo al cielo; sentía náuseas, inquietud de calentura, y deseaba con ardor, aun más que el triunfo, que volara el tiempo, que pasara la crisis.

«¡Cuánto padecería aquel pobre Leal, que, más pensador que literato, sincero, artista de austera religiosidad estética, ignoraba las miserias y pequeñeces de los escenarios, las luchas de empresa, las cábalas de camarillas y cenáculos!».

Suárez miraba a su amigo con disimulo, y le veía sonreír, mientras se paseaba, entre aquellos lienzos arrumbados, en corto espacio, como en una jaula.

«Es claro que disimula, pensaba Suárez; pero lo hace muy bien. Si yo no supiera que es imposible no padecer en este trance, creería que él estaba muy tranquilo. En sus ojos yo no veo inquietud, amargura; no hay ningún esfuerzo en ese gesto plácido. Lo que es excitado, no lo está».

Y luego preguntó a su amigo:

-¿No sientes nada... aquí, por encima del estómago?

Leal se rió y dijo:

-No; no siento nada. ¿Es eso lo que se siente?

-Yo sí; eso. Toda la noche.

-Pues yo sólo siento... que esto se lo lleva la trampa. ¿No oyen ustedes? La dama grita, pero más gritan fuera...

En efecto, crecía el tumulto. Los amigos de Leal, los leales, los que le rodeaban, protestaban entre bastidores; contestaban, sin que desde fuera los oyesen, es claro, a los gritos del público.

-Conozco esa voz: es la de López, a quien Leal no votó en la Academia de la Historia.

-Y ese otro que dice que bajen el telón es Minuta, el director de El Gubernamental, el imitador de Campoamor...

Suárez callaba y observaba a Pablo, que volvía a pasear, al parecer tranquilo.

En fin, se hundió el drama. Cayó el telón entre murmullos. La dama, que se había destrozado la garganta, corrió a abrazar a Pablo, llorosa, gritando:

-¡Imbéciles! ¡No han querido oír! ¡No han querido enterarse!

Hubo que subir al saloncillo.

Ecce homo.

Allí había de todo. Amigos verdaderos, indignados de verdad; amigos falsos, más indignados al parecer. Pero a estos Pablo les leía en los ojos el placer inmenso que sentían.

Se discutió el drama, la competencia del público, hasta las condiciones acústicas del teatro. El talento del autor nadie lo ponía en tela de juicio. ¡Estaba él allí! Algunos, haciendo alarde de franqueza y mirando con delicia el efecto de sus palabras, decían que la cosa era una joya literaria pero acaso no era teatral. Otros gritaban: «Es teatral y es muy humana... y muy nueva... ¡El público es un imbécil!».

-Eso no -decía un autor que ni en ausencia se atrevía a ser irreverente con el público.

Un crítico, gran catador de salsas dramáticas y filarmónicas, crítico del Real, vamos, de óperas, y constante lector de Shakespeare, hizo la anatomía del drama y del estreno. El drama era demasiado científico y pecaba de idealista. Suárez reparó que Leal, que todo lo había oído sin dejar el gesto de placidez, miró un momento con ira al químico que quería pincharle con disparates romos. El químico aborrecía a Leal, que le había tenido que dar varias lecciones en las disputas de café.

La sesión del saloncillo venía a ser una capilla... a posteriori, después del suplicio.

Pero pasó también. Pasó todo. Leal, Suárez y los demás íntimos salieron del teatro ya muy tarde; y como hacía buena noche de luna, de templado ambiente, recorrieron calles y calles sin acordarse de que había camas en el mundo. Suárez era quien más hacía por mantener la conversación; quería retrasar todo lo posible el momento de dejar a Leal a solas con sus impresiones. Ya cerca del amanecer entraron en un café y cada cual tomó lo que quiso. Leal prefirió una copa de Jerez. ¡Cosa más rara! El vinillo le puso alegre, pero de veras; era imposible que se pudiera fingir aquel contento. Suárez acabó por sentir más curiosidad que lástima. ¿Por qué demonio, siendo tan nervioso su amigo, y no siendo un santo, no padecía más con la derrota de aquella noche y con los alfilerazos del saloncillo? Lo que hacía Leal era procurar que no se hablase de su drama, ni del público, ni de la crítica. Con mucha naturalidad llevó la conversación a cosas más elevadas; se habló de la psicología de las multitudes, del altruismo, de la vida de familia, y de si era compatible con las grandes empresas de abnegación, de reforma social. Pablo opinaba que sí; que por el amor del hogar debían irse organizando todos los amores superiores, para ser efectivos, para perder el carácter de abstracción que generalmente revisten y les quita fuerza... Leal se exaltaba hablando de aquello; de la necesidad de fundarlo todo en el cariño real de la familia... Mucho hablaron, mucho. Pero al fin vino el sueño, y Suárez se despidió del autor derrotado, seguro de que lo primero que haría Pablo al verse en la cama... sería dormirse.

 Pasó mucho tiempo, y Suárez no se atrevía a preguntar a Leal de dónde había sacado fuerzas para pasar con tal serenidad por las amarguras de aquella terrible noche.

Pero un día, hablando de teología y de religión, Pablo se lo explicó todo espontáneamente, dándole la clave del misterio, por vía de ejemplo de ciertas demostraciones.

Se trataba de varios artículos recientes de filósofos extranjeros, -acerca de legitimidad racional de la plegaria. Salieron a relucir las novísimas teorías referentes a la creencia; se comentó la filosofía de Renouvier; se habló de otros defensores de la tesis de la contingencia, del autor de Las tres dialécticas, Gourd; y llegando Leal a decir algo suyo, de experiencia personal, se explicó de esta manera:

-Yo perdono a los espíritus geométricos su intransigencia esquinada, su inflexibilidad, su cristalización fatal, congénita, y no me irrito cuando me dicen que me contradigo, y me llaman místico, soñador, dilettante, etc., etc. No pueden ellos comprender esta plasticidad del misterio; la seguridad con que se apoya, si no los pies, las alas del espíritu, en la bruma de lo presentido, de la intuición inspirada. No comprenderán, imposible, por ejemplo, a Carlyle cuando nos habla de la adoración legítima del mito mientras es sincera; no comprenderán, imposible, a Marillior cuando distingue el mito racional de la última razón metafísica de la religión. Y, sin embargo, es una pretensión ridícula querer elevarnos por encima de los límites de nuestra pobre individualidad, y hacernos superiores a las influencias de raza, clima, civilización, nacionalidad, tiempo, etc., etc., sin más fundamento que la idea de que el conocimiento realmente científico necesita, para ser, prescindir de todas las influencias históricas. ¿Quién se atreve a personificar en sí el sujeto puro de la ciencia pura? Pero otra cosa es la legitimidad de la creencia racional, no incompatible con lo que la conciencia nos da como lo más conforme a verdad, según el adelanto especulativo que alcanzamos. Así como en derecho positivo nadie tiene por absurdas las formas residuales del primitivo o antiquísimo derecho simbólico, así estos nobles residuos, racionales, de creencias antiguas pueden entrar en nuestra vida moral, no en calidad de ciencia, pero sí de creencia y culto y devoción personal, que nadie ha de imponer a nadie. Yo, v. gr., soy de los que rezan, de los que adoran; y no por seguir al pie de la letra la teología ortodoxa, ni por inclinarme a las teorías de que hablábamos, relativas a la contingencia, a las voliciones divinas nuevas, al indeterminismo primordial. Yo no pido a Dios que por mí cambie el orden del mundo; rezo deseando que haya armonía entre mi bien, el que persigo, y ese orden divino; rezo, en fin, deseando que mi bien sea positivo, real, no una apariencia, un engaño de mi corazón. Y con tal sentido, me animo a mejorar moralmente, a hacerme menos malo, no sólo por la absoluta ley del deber, sino pensando en la flaqueza de mi interesada pequeñez de alma; también por esa especie de pacto místico, inofensivo por lo menos, en que ofrecemos a Dios el sacrificio de una pasión, de un falso bien mundano, a cambio de que exista esa anhelada armonía entre el orden divino de las cosas y un deseo nuestro que tenemos por lícito. Cualquier jurista podrá ver que no es esto imponer una condición para el sacrificio, pues en buen derecho, la condición es acontecimiento futuro e incierto, que puede ser o no ser... y esta armonía que deseo entre mi anhelo y el orden de las cosas no es contingente.

-Vamos -dijo Suárez-, eso es la filosofía, más o menos ecléctica, del voto.

-Sí; yo hago votos. Y no me avergüenzo. Algunas veces me han servido para salir menos mal de situaciones difíciles. Oye un ejemplo... del que no he hablado nunca a nadie... ¿Te acuerdas del naufragio de aquel drama histórico mío, que tú me hiciste llevar al teatro?

-¡Pues no he de acordarme!...

-¿Y no te acuerdas de que yo estuve aquella noche bastante sereno, con gran asombro tuyo?

-Sí, hombre; y por cierto que no pude explicarme nunca...

-Pues vas a explicártelo ahora. Por aquellos días, yo tenía a mi único hijo, de seis años, enfermo de algún cuidado, fuera de Madrid, en una aldea del Norte, adonde le había llevado su madre por consejo del médico. Yo me fui con ellos. Mi drama se ensayó, como recordarás, durante mi ausencia. Me llamaban desde Madrid, pero yo no quería separarme de mi hijo. El médico del pueblo, hombre discretísimo, me aseguró que la enfermedad de mi hijo no ofrecía peligro, y que de fijo sería larga; que en aquellos ocho días que yo necesitaba para ir y volver, nada de particular podría pasar. Mi mujer apoyaba al médico; lo mismo los demás parientes y los amigos; vosotros desde Madrid me apurabais encareciendo la necesidad de mi presencia... Dejé a mi hijo; pero es claro que de él tenía noticia telegráfica dos veces al día. En cuanto estuve lejos de los míos, el dolor de la ausencia fue mi principal sentimiento; lo del drama quedaba relegado a segundo término... Hasta me remordía la conciencia, a ratos. Mil veces estuve tentado de volver al lado del enfermo, echando a rodar todas las vanidades de artista... Las noticias del pueblo eran satisfactorias, el niño mejoraba.. Pero el telegrama que recibí la noche anterior a la del estreno me alarmó; la madre, veladamente, me indicaba un retroceso, el ansia de que yo volviera pronto. Todos los que leían el telegrama me aseguraban que no había en él motivo para tristes presentimientos... Pero yo los tenía tales, que eran una angustia indecible. Mientras vosotros, en casa, en el teatro, me hablabais, entre bromas cariñosas, de las emociones del autor, de la capilla... yo pensaba en lo otro, en la otra crisis; y cuando no me veía nadie apoyaba la cabeza en una pared para descansar; porque me abrumaba el peso de mi agonía, el plomo de tantas ideas siniestras que me llenaban el cerebro... Dolor y remordimiento... ¿Por qué no huí? ¿Por qué no os dejé con vuestro estreno dichoso y no eché a correr al lado de los míos...? No lo sé. Porque me daba vergüenza; por falta de fuerzas para toda resolución; porque, en buena lógica, yo también juzgaba irracionales mis temores... Acaso, y esto aún me avergüenza, porque, sin darme yo cuenta de ello, me retenía la vanidad del autor, aquella miseria... Lo que hice para calmar mis remordimientos, por acto también de amor puro a mi hijo, y, valga la verdad, con fe y esperanza realmente religiosas, fue ofrecer a Dios un voto, un voto en el sentido que te he explicado antes. «Señor, venía a ser mi pensamiento, yo ofrezco en cambio de un telegrama que me anuncie una gran mejoría de mi hijo enfermo, de una noticia que me quite esta horrible incertidumbre, este tormento de presentir vagamente una desgracia superior a mi resistencia, yo ofrezco los viles despojos de un naufragio de mi pobre vanidad; juro con todas las veras de mi alma, que a cambio de la salud de mi hijo, deseo vivamente la derrota de mi amor propio, la muerte de este otro hijo del ingenio, hijo metafórico, que no tiene mi sangre, que no es alma de mi alma. Muera el drama... y que baje por lo menos a 37 y unas décimas la temperatura de mi Enriquín... Que Dios quiera que esto deba ser así, que esté en el orden que sea... y prometo recibir la silba con toda la serenidad que pueda, pensando en cosas más altas, de piedad, de caridad, de filosofía...».

"A las ocho y cuarto de la noche terrible... recibí un telegrama en que se me daba la enhorabuena en nombre del médico, porque el niño experimentaba una mejoría que tenía trazas de ser definitiva, anuncio de franca y pronta curación... Mi alegría fue inmensa; mi enternecimiento inefable; mi fe, de granito. Noté que a los demás el telegrama les hacía poco efecto, porque no habían creído en el peligro... y porque no eran los demás padres de Enriquín. En aquel éxtasis de reposo moral, de emoción religiosa, me cogió como un torbellino la realidad brutal del estreno... No sé cómo llegué al teatro; me vi rodeado de gente... La dama me preguntó si estaba bien caracterizado el personaje con aquella ropa, aquellas arrugas... ¡qué sé yo! Aquel infierno de las vanidades me arrancó por algunos momentos el recuerdo de mi felicidad, de la gran noticia que me habían mandado desde mi hogar querido... No volví a pensar en la dicha de tener a mi hijo fuera de cuidado... hasta que me dieron el primer susto las señales de desagrado que empezaron a venir de la sala, que yo no veía... Yo no esperaba un descalabro; esperaba un buen éxito; sobre todo creía en mi drama. Llegaba, por lo visto, el momento de cumplir el voto; había que alegrarse, desear la derrota... Era el precio de la salud de mi hijo. Saqué fuerzas de flaqueza..., elevé cuanto pude el corazón y las ideas..., y aunque tropezando y cayendo en el camino de aquel Calvario... de menor cuantía, al fin creo que conseguí no hacerme indigno del premio de mi promesa. Si no con perfección, al cabo cumplí mi voto.

"Te aseguro, mi querido poeta, que representándome las sonrisas de mi hijo redivivo; la dicha que me aguardaba en sus primeras caricias; la felicidad de llorar de placer juntos y de dar gracias a Dios la madre, el padre y el hijo...; las injurias de aquella noche horrible no me llegaban a lo más hondo de las entrañas... No era yo del todo el que recibía aquellos agravios. Yo, más que el autor de mi pobre drama, era el padre de mi pobre hijo. Este no podían matármelo los morenos. Dios quería librarlo de las garras de la fiebre; un enemigo mucho más serio que el público de los lunes clásicos.

Gustavo Adofo Becquer

Last updated on Aug. 22, 2000  

Volverán las oscuras golondrinas Volverán las oscuras golondrinas en tu balcón sus nidos a colgar, y, otra vez, con el ala a sus cristales jugando llamarán; pero aquéllas que el vuelo refrenaban tu hermosura y mi dicha al contemplar, aquéllas que aprendieron nuestros nombres... ésas... ¡no volverán! Volverán las tupidas madreselvas de tu jardín las tapias a escalar, y otra vez a la tarde, aun más hermosas, sus flores se abrirán; pero aquéllas, cuajadas de rocío, cuyas gotas mirábamos temblar y caer, como lágrimas del día... ésas... ¡no volverán! Volverán del amor en tus oídos las palabras ardientes a sonar; tu corazón, de su profundo sueño tal vez despertará; pero mudo y absorto y de rodillas, como se adora a Dios ante su altar, como yo te he querido..., desengáñate: ¡así no te querrán!

Buenos días: El radiante sol me incita este poema. 
Un feliz día para todos  

Volverán las oscuras golondrinas Volverán las oscuras golondrinas en tu balcón sus nidos a colgar, y, otra vez, con el ala a sus cristales jugando llamarán; pero aquéllas que el vuelo refrenaban tu hermosura y mi dicha al contemplar, aquéllas que aprendieron nuestros nombres... ésas... ¡no volverán! Volverán las tupidas madreselvas de tu jardín las tapias a escalar, y otra vez a la tarde, aun más hermosas, sus flores se abrirán; pero aquéllas, cuajadas de rocío, cuyas gotas mirábamos temblar y caer, como lágrimas del día... ésas... ¡no volverán! Volverán del amor en tus oídos las palabras ardientes a sonar; tu corazón, de su profundo sueño tal vez despertará; pero mudo y absorto y de rodillas, como se adora a Dios ante su altar, como yo te he querido..., desengáñate: ¡así no te querrán! Gustavo Adolfo Becquer

 

Dos y dos son cuatro.

Dos no discuten si uno no quiere, y todos los que habéis discutido es porque habéis entrado al trapo como los toros. Ahora no vengáis con palabricas y rollos. Cuando se apedreó y crucificó a Ana Aguirre (por opinar sobre el tema de las Escuelas de Calatoradico, sin meterse con nadie) ya se debería haber hecho esto (eliminar los ataques personales anónimos), y la mayoría estuvistéis calladitos y con la boca cerrada (es posible que  los Derechos Humanos no rijan para unas personas y sí para otras). Creo que sólo Casimiro estuvo a la altura. ¿Es necesario recordar que se le insultó públicamente por anónimos? Pues eso, autocrítica, que me parece que habéis hecho un parque temático como el de los Monegros de una tontada.

El ejercicio de la libertad

Resulta muy triste que hayamos tenido que pedir y que  hayan tenido que intervenir en el funcionamiento del foro las personas que han creado la página Web, en este caso la Asociación Barbacana. Como siempre tienen todo mi apoyo.

Seguir la trama documental de lo ocurrido, resulta una tarea complicada cuando los escritos son tan efímeros en el blog que unos relevan a los anteriores y así sucesivamente hasta que se pierden en el archivo. Analizar con detalle lo ocurrido nos llevaría mucho tiempo y por ello, de ahora en adelante estos hechos nos deberían llevar a conducirnos de otra manera. No estamos en una página profesional que hace de su foro un elemento económico de empresa. Los creadores de la página lo hacen desinteresadamente y según todos habéis podido comprobar su objetivo es la difusión de nuestra cultura. Por eso, entre todos, no se lo pongamos difícil.He copiado dos artículos de la declaración de los derechos del hombre. Me parece correcto que invoquemos el articulo 19, pero que no nos olvidemos del nº 12. Mucho menos si nos queremos amparar en el primero, ocultos bajo mascara como hacía el KKK o hace ahora ETA, cuando se intenta agredir a los demás con la palabra, denigrando a las personas o haciendo juicios de valor  sobre algo que no tenemos ningún derecho. Si hay personas que expresan ante los demás sus inquietudes, sus sentimientos, hacen gala de su amistad.... no creo que ofendan a nadie. Si alguien quiere reprocharles algo, que se lo diga a la cara, sin tapujos, para que pueda recibir su correspondiente reproche o aclaración si es el caso. He defendido y defenderé siempre los escritos con pseudónimo, pero como parte de la creación literaria o aportación personal anónima, nunca como medio de protección para aprovecharse y ofender a los demás.         Declaración Universal de los Derechos humanosAdoptada y proclamada por la Resolución de la Asamblea
General 217 A (III) del 10 de diciembre de 1948.
 Artículo 12Nadie será objeto de injerencias arbitrarias en su vida privada, su familia, su domicilio o su correspondencia, ni de ataques a su honra o a su reputación. Toda persona tiene derecho a la protección de la ley contra tales injerencias o ataques.Artículo 19Todo individuo tiene derecho a la libertad de opinión y de expresión; este derecho incluye el de no ser molestado a causa de sus opiniones, el de investigar y recibir informaciones y opiniones, y el de difundirlas, sin limitación de fronteras, por cualquier medio de expresión. 

Caminante, no hay camino

 

Caminante, no hay camino

Autor: Antonio Machado

 

Caminante son tus huellas
El camino nada más;
caminante no hay camino
se hace camino al andar.
Al andar se hace camino
y al volver la vista atrás
se ve la senda que nunca
se ha de volver a pisar.
Caminante, no hay camino
sino estelas sobre el mar.
¿Para que llamar caminos
A los surcos del azar...?
Todo el que camina anda,
Como Jesús sobre el mar.

Yo amo a Jesús que nos dijo:
Cielo y tierra pasarán
Cuando cielo y tierra pasen
mi palabra quedará.
¿Cuál fue Jesús tu palabra?
¿Amor?, ¿perdón?, ¿caridad?
Todas tus palabras fueron
una palabra: Velad.
Como no sabéis la hora
En que os han de despertar,
Os despertarán dormidos
si no veláis; despertad.

La Condesa de Tende

La señorita de Strozzi, hija del mariscal y pariente cercana de Catherine de Médicis, se desposó el primer año de la regencia de esta reina con el conde de Tende, de la casa de Saboya, rico, bien constituido, el cortesano que vivía con mayor esplendor, y más propio a hacerse estimar que amar. No obstante, su esposa lo amó en un primer momento con pasión; era muy joven; él no la consideró sino como a una niña, y muy pronto estuvo enamorado de otra. La condesa de Tende, viva y de temperamento italiano, se puso celosa; no tenía reposo ni se lo daba a su marido; él evitó su presencia y dejó de vivir con ella como un hombre vive con su mujer.

Pronto la belleza de la condesa se incrementó; mostró mucha inteligencia; el mundo la miró con admiración; se ocupó más de sí misma y se curó insensiblemente de los celos y de su pasión. Se hizo íntima amiga de la princesa de Neufchâtel, joven, bella y viuda del príncipe del mismo nombre que, al morir, le había dejado el título que la convertía en el partido más elevado y brillante de la corte.

El caballero de Navarre, descendiente de los antiguos soberanos de este reino, era por entonces también joven, bello, lleno de inteligencia y de elevación, aunque la Fortuna no le había dado más bien que el de su cuna. Puso los ojos en la princesa de Neufchâtel, de la que conocía la inteligencia, como en una persona capaz de un afecto violento e indicada para hacer la fortuna de un hombre como él. Con este fin, se relacionó con ella sin estar enamorado y atrajo su interés: se sintió orgulloso de lograrlo, pero se encontró aún muy alejado del éxito total al que aspiraba. Su propósito era ignorado por todo el mundo; sólo uno de sus amigos había recibido la confidencia y este amigo era también íntimo amigo del conde de Tende, por lo que hizo que el caballero de Navarre consintiera en confiar su secreto al conde, con la idea de que él le obligaría a servirle ante la princesa de Neufchâtel. El conde de Tende apreciaba ya al caballero de Navarre; le habló de él a su mujer, por quien empezaba a tener más consideración, y le rogó, en efecto, hacer la gestión que deseaban.

La princesa de Neufchâtel le había hecho ya la confidencia de su inclinación por el caballero de Navarre a la condesa y ésta la fortaleció. El caballero vino a ver a la condesa, adquirió trato y medidas con ella; pero, al verla, se enamoró de ella con violenta pasión. No se entregó, no obstante, a esta pasión en un primer momento, pues vio los obstáculos que esos sentimientos divididos entre el amor y la ambición presentarían a su plan, y resistió. Pero, para resistir, era necesario que no viera con demasiada frecuencia a la condesa de Tende, y él la veía todos los días, al buscar a la princesa de Neufchâtel; por lo que se enamoró perdidamente de la condesa. No pudo ocultar por completo su pasión y la condesa se dio cuenta de la misma; su amor propio se sintió halagado, y empezó a sentir un violento amor por él.

Un día, cuando la dama le hablaba de la gran fortuna de casarse con la princesa de Neufchâtel, él le dijo mirándola con una expresión en la que su pasión era declarada por completo: «¿Y vos creéis, señora, que no hay ninguna otra fortuna que yo preferiría antes que la de desposarme con esta princesa?» La condesa de Tende se sintió impresionada por las miradas y las frases del caballero; lo miró con los mismos ojos con los que él la miraba, y se produjo entre ellos una turbación y un silencio más elocuente que las palabras. A partir de aquel momento, la condesa se sumió en una agitación que la privó de descanso: sintió el remordimiento de robarle a su amiga el corazón de un hombre con el que ella iba a casarse únicamente por amor, que iba a desposarse con él con la desaprobación de todo el mundo, y a costa de su rango.

Esta traición le produjo horror; la vergüenza y las desgracias que puede causar la galantería se presentaron ante su espíritu; vio el abismo en el que podía precipitarse y decidió evitarlo.

Pero mantuvo mal sus decisiones. La princesa estaba casi decidida a casarse con el caballero de Navarre, aunque no estaba satisfecha de la pasión que él le demostraba y, comparando la que ella sentía por él, y el cuidado que él ponía en engañarla, comprendía la tibieza de los sentimientos del joven, de lo que se quejó a la condesa de Tende. La condesa la tranquilizó; pero los lamentos de la señora de Neufchâtel acabaron por turbarla y hacerle ver la dimensión de su traición, que costaría probablemente la fortuna de su enamorado. La condesa advirtió a éste de la desconfianza de la princesa; él demostró indiferencia por todo salvo por el hecho de ser amado por ella: sin embargo, por orden de la condesa él se contuvo y tranquilizó tan bien a la princesa de Neufchâtel, que ésta le hizo ver a la condesa que estaba plenamente satisfecha del caballero de Navarre.

Los celos se adueñaron entonces de la condesa pues temió que su enamorado quisiera de verdad a la princesa; comprendió todas las razones que él tenía para amar a aquélla; su matrimonio, que ella había propiciado, le produjo horror, pero no quiso, no obstante, que él lo rompiera por lo que se encontraba en una cruel incertidumbre. Manifestó al caballero todos los remordimientos que sentía respecto a la princesa de Neufchâtel, pero decidió ocultarle sus celos y creyó, en efecto, habérselos ocultado.

La pasión de la princesa superó por fin todas las indecisiones. Ella decidió casarse pero resolvió hacerlo en secreto y no anunciarlo sino una vez realizado.

La condesa estaba a punto de expirar de dolor. El día elegido para el matrimonio había una ceremonia pública; su marido asistió; ella envió a la ceremonia a todas sus doncellas; mandó decir que no deseaba ver a nadie y se encerró en su gabinete, tendida sobre un lecho de descanso, abandonándose a todo lo que los remordimientos, el amor y los celos pueden hacer sentir de más cruel.

Cuando se encontraba en tal estado, oyó abrir una puerta excusada en su gabinete, y vio aparecer al caballero de Navarre, engalanado y con una gracia superior a la que le había visto jamás.

-Caballero, ¿dónde vais? -exclamó- ¿Qué buscáis? ¿Habéis perdido la razón? ¿Qué ha sido de vuestra boda? ¿Pensáis en mi reputación?

-Quedaos tranquila por vuestra reputación, señora -le contestó-; nadie puede saberlo; no importa mi matrimonio, no importa mi fortuna, sólo importa vuestro corazón, señora, y ser amado por vos: renuncio a todo lo demás. Vos me habéis dejado ver que no me odiáis, pero habéis querido ocultarme que soy lo suficientemente feliz como para que mi matrimonio os cause dolor; vengo a deciros, señora, que renuncio a él; que ese matrimonio sería un suplicio para mí, y que sólo quiero vivir para vos. En el momento en que os hablo me están esperando, todo está listo; pero voy a anularlo todo si, al anularlo, hago algo que os sea agradable y os demuestre mi amor.

La condesa se dejó caer sobre el lecho de descanso en el que se había incorporado a medias, y mirando al caballero con ojos llenos de amor y lágrimas:

-¿Queréis que muera? -le dijo- ¿Creéis que un corazón puede contener todo lo que vos me hacéis sentir? ¡abandonar por mí la fortuna que os aguarda! No puedo soportar ni siquiera pensarlo: id con la señora princesa de Neufchâtel, id hacia la grandeza que os está destinada, tendréis mi corazón al mismo tiempo. Haré con mis remordimientos, con mis incertidumbres, con mis celos, puesto que tengo que confesároslos, lo que mi débil razón me aconseje; pero no volveré a veros jamás si no os marcháis al instante a firmar vuestro matrimonio; marchaos, no demoréis ni un momento; y por amor hacia mí, por amor hacia vos mismo, renunciad a una pasión tan poco razonable como la que me demostráis, que nos conducirá probablemente a horribles desgracias.

El caballero se sintió dominado por la alegría en un primer momento al verse tan auténticamente amado por la condesa, pero el horror de entregarse a otra vino a plantarse ante sus ojos; lloró, se afligió, le prometió todo lo que ella quiso, a condición de que pudiera volver a verla en aquel mismo lugar. Antes de que se marchara, ella quiso saber cómo había entrado. Él le dijo que había confiado en un escudero de ella, que antes había sido de él, que le había hecho entrar por el patio de los establos adonde daba la escalera que conducía a este gabinete, y que daba también a la habitación del escudero.

Mientras tanto, la hora de la boda se acercaba, y el caballero, presionado por la condesa, se vio finalmente obligado a marcharse. Pero fue, como si fuera al suplicio, hacia la mayor y más agradable fortuna a la que un caballero sin bienes hubiera sido elevado jamás. La condesa pasó la noche, como puede imaginarse, agitada por sus inquietudes; llamó por la mañana a sus doncellas y, poco después de que se abriera su habitación, vio a su escudero acercarse a la cama y dejar encima una carta sin que nadie se diera cuenta. La vista de aquella carta la turbó porque reconoció que era del caballero de Navarre; porque era tan poco verosímil que durante aquella noche, que debía ser su noche de bodas, hubiera tenido tiempo para escribirle, que temió que él hubiera puesto o que se hubiera presentado algún obstáculo al matrimonio: abrió la carta con gran emoción y encontró en ella más o menos estas palabras:

No pienso sino en vos, señora; no estoy ocupado sino por vos; y, en los primeros momentos de posesión legítima del mayor partido de Francia, apenas empieza a amanecer, abandono la habitación en la que he pasado la noche, para deciros que me he arrepentido ya mil veces de haberos obedecido, y de no haber renunciado a todo para no vivir sino por vos.

Esta carta, y el momento en que había sido escrita, impresionaron sensiblemente a la condesa. Más tarde acudió a cenar a casa de la princesa de Neufchâtel, que se lo había pedido. El matrimonio se había hecho público, y encontró a un gran número de personas en la habitación de la dama, pero tan pronto como la princesa la vio, dejó a todo el mundo y le rogó que pasara con ella a su gabinete. Apenas se habían sentado, cuando el rostro de la princesa su cubrió de lágrimas. La condesa pensó que era el efecto de la publicación del matrimonio, y que ella la encontraba más difícil de soportar de lo que había imaginado, pero muy pronto comprendió que se equivocaba.

-¡Ah!, señora, -dijo la princesa-. ¿Qué he hecho? Me he casado con un hombre por amor; he hecho un matrimonio desigual, desaprobado por todos, que me humilla, ¡y resulta que el hombre que yo he preferido a todo, ama a otra mujer!

La condesa creyó que iba a desmayarse al escuchar aquellas palabras; pensó que la princesa no podía haber adivinado la pasión de su marido sin haber descubierto la causa de la misma, y no pudo contestar. La princesa de Navarre (se le llamó así después de su matrimonio) no prestó atención a su estado, y continuó:

-El señor príncipe de Navarre -le dijo-, muy lejos de tener la impaciencia que debía concederle la conclusión de nuestro matrimonio, se hizo esperar por la noche; llegó sin alegría, con el espíritu ocupado y contrariado; salió de mi habitación al amanecer, con no sé qué pretexto. Al volver venía de escribir, lo vi en sus manos. ¿A quién podía escribir sino a una amante? ¿Por qué se hizo esperar? ¿Qué ocupaba su espíritu?

En aquel momento vinieron a interrumpir la conversación, porque había llegado la princesa de Condé; la princesa de Navarre salió a recibirla y la condesa permaneció fuera de sí. Por la noche le escribió al príncipe de Navarre para avisarle de las sospechas de su esposa, y para obligarle a contenerse. Su pasión no se aminoró por los peligros ni los obstáculos; la condesa no hallaba descanso y el sueño no acudía a mitigar sus angustias.

Una mañana, después de que ella hubiera llamado a sus doncellas, su escudero se le acercó y le dijo en voz baja que el príncipe de Navarre estaba en su gabinete y rogaba poder decirle algo que era absolutamente necesario que supiera. Uno cede fácilmente a lo que le es grato; la condesa sabía que su esposo había salido; dijo que quería dormir y pidió a sus doncellas que cerraran las puertas y no regresaran sin que ella las llamase.

El príncipe de Navarre entró desde el gabinete y se arrodilló junto a su lecho.

-¿Qué tenéis que decirme? -le preguntó.

-Que os amo, señora; que os adoro, que no podría vivir con la señora de Navarre; el deseo de veros se ha apoderado de mí esta mañana con tal violencia, que no he podido resistirlo. He venido al azar de todo lo que pudiera suceder, y sin esperar siquiera hablar con vos.

La condesa lo reprendió en un primer momento por comprometerla con tanta ligereza; pero luego, su pasión los condujo a una conversación tan prolongada que el conde de Tende volvió de la ciudad. Se dirigió hacia el apartamento de su esposa; le dijeron que no estaba despierta, pero era tarde, por lo que no dejó de entrar en su habitación y encontró al príncipe de Navarre de rodillas junto al lecho, como se había colocado al llegar. Jamás hubo una sorpresa semejante a la del conde de Tende, ni turbación que igualara a la de su esposa. Sólo el príncipe de Navarre conservó la presencia de ánimo, y sin alterarse ni levantarse del suelo:

-¡Venid, venid! -dijo al conde de Tende- ¡Ayudadme a obtener una gracia que solicito de rodillas y que me es negada!

El tono y la expresión del príncipe de Navarre detuvieron la sorpresa del conde.

-No sé, -le contestó con el mismo tono que el príncipe había empleado- si una gracia que solicitáis de rodillas a mi esposa cuando dicen que ella está durmiendo, cuando os encuentro a solas con ella y sin carroza ante mi puerta, es de las que me gustaría que ella os concediera.

El príncipe de Navarre, tranquilizado y sin el apuro del primer momento, se levantó, se sentó con total libertad, y la condesa, temblorosa y fuera de sí, ocultó su azoramiento en la penumbra que reinaba en el lugar en que se hallaban. El príncipe de Navarre tomó la palabra:

-Vais a censurarme, pero tenéis, no obstante, que ayudarme: amo y soy amado por la persona más digna de amor de la corte; ayer, me escapé de casa de la princesa de Navarre y de toda mi gente para acudir a una cita en la que esta persona me esperaba. Mi esposa, que ha adivinado que estoy preocupado por otra que no es ella, y que está atenta a mi conducta, supo por mi gente que yo los había dejado, y se halla en un estado de celos y desesperación sin parangón. Le he dicho que había pasado las horas que tanta inquietud le causan en casa de la mariscala de Saint-André que está enferma y no recibe a casi nadie; le dije que la señora condesa de Tende era la única persona que se encontraba allí, y que podía preguntarle si no me había visto toda la tarde. He decidido venir a confiar en la señora condesa. Había ido a casa de la Châtre que sólo está a tres pasos de aquí, salí de allí sin que mi gente me viera; me dijeron que la señora estaba despierta, no encontré a nadie en su antesala y he entrado audazmente. La señora condesa se niega a mentir en mi favor; dice que no quiere traicionar a su amiga, y me echa las más sensatas reprimendas; yo mismo me las he echado inútilmente. Hay que librar a la señora princesa de Navarre del estado de inquietud y de celos en el que se encuentra, y ahorrarme a mí el mortal engorro de sus reproches.

La condesa de Tende no se sorprendió menos de la presencia de ánimo del príncipe que lo había estado a la llegada de su esposo, pero se serenó y al conde no le quedó ni la menor sombra de duda. Se unió a su esposa para hacerle ver al príncipe el abismo de problemas en el que iba a arrojarse, y todo lo que le debía a la princesa. La condesa prometió decirle a aquélla todo cuanto deseaba su esposo.

Cuando éste iba a marcharse, el conde lo detuvo:

-Como recompensa al servicio que vamos a haceros a costa de la verdad, decidnos al menos quién es esa amante; tiene que ser poco digna de amaros y conservar con vos una relación, viéndoos comprometido con una persona tan bella como la princesa de Navarre, viendo que os habéis casado con ella, y viendo todo cuanto vos le debéis. Debe ser una persona sin inteligencia, ni ánimo, ni delicadeza; y, de verdad, no merece que perturbéis una felicidad tan grande como la vuestra, y que os mostréis tan ingrato y culpable.

El príncipe no supo qué responder y fingió tener prisa. El conde de Tende en persona le ayudó a salir con el fin de que nadie lo viera.

La condesa se quedó nerviosa por el riesgo que había corrido, por las reflexiones que las palabras de su marido le obligaban a hacer, y por vislumbrar los problemas a los que su pasión la exponía; pero no tuvo la fuerza de desprenderse de ella. Continuó su relación con el príncipe; lo veía a veces con la ayuda de La Lande, su escudero. Se sentía, y era efectivamente, una de las personas más desgraciadas del mundo: la princesa de Navarre le hacía a diario confidencias respecto a unos celos de los que ella era la causa; estos celos le producían remordimientos, pero cuando la princesa de Navarre estaba satisfecha de su esposo, era ella la que se sentía celosa.

Un nuevo tormento vino a asociarse a los que ya padecía: el conde de Tende se enamoró de ella como si no hubiera sido su esposa; no se separaba de ella y quería retomar todos sus derechos hasta entonces despreciados. La condesa se opuso con una fuerza y una acritud que llegaban hasta el desprecio; prevenida por el príncipe de Navarre, se sentía ofendida por cualquier otro amor que no fuera el de él. El conde sintió su proceder en toda su dureza y, herido en lo más profundo, le aseguró que no volvería a importunarla en la vida, y, efectivamente, la dejó con mucha rudeza.

Una campaña militar se aproximaba; el príncipe de Navarre tenía que incorporarse al ejército; la condesa de Tende empezó a sentir los dolores de su ausencia y el temor por los peligros a los que se expondría, por lo que decidió evitar el constreñimiento de tener que ocultar su aflicción, y se marchó a pasar el verano en una propiedad que tenía a treinta leguas de París. Puso en práctica su proyecto, y su despedida fue tan dolorosa, que debieron sacar de ella, tanto el uno como la otra, un mal augurio. El conde de Tende permaneció junto al rey al que estaba ligado por su cargo.

La corte debía aproximarse al ejército; la finca de la señora de Tende no se encontraba muy lejos. Su marido le advirtió que haría un viaje de sólo una noche para comprobar las obras que había comenzado. No quería que ella pudiera pensar que iba a verla; sentía por ella ya todo el despecho que producen las pasiones.

La señora de Tende había encontrado en los primeros tiempos al príncipe de Navarre tan lleno de respeto, y ella misma se había sentido poseedora de tanta virtud, que no había desconfiado ni de él, ni de ella; pero el tiempo y las ocasiones habían triunfado sobre su virtud y respeto y, poco tiempo después de estar en su finca, comprobó que estaba embarazada. No hay más que reflexionar en la reputación que había adquirido y conservado, y en la situación en la que se encontraba con su marido, para comprender su desesperación. En numerosas ocasiones estuvo tentada de acabar con su vida; sin embargo, concibió una ligera esperanza respecto al viaje de su marido y decidió esperar el éxito. En medio de este anonadamiento, recibió aún el dolor de saber que La Lande, que había dejado en París para que se encargara de las cartas de su amante y de las suyas, había muerto en pocos días, y se encontraba desprovista de toda ayuda, en el momento en que más la necesitaba.

Mientras tanto, el ejército había emprendido un asedio. Su pasión por el príncipe de Navarre le producía constantes temores, incluso en medio de los mortales horrores que la dominaban. Sus temores no estuvieron sino demasiado bien fundados: recibió cartas del ejército; por ellas supo el final del asedio, pero también que el príncipe de Navarre había muerto el último día del mismo. Perdió el conocimiento y la razón; muchas veces se vio privada de uno y de otra; este exceso de dolor le parecía en algunos momentos una especie de consuelo; ya no temía nada por su reposo, por su reputación o por su vida; sólo la muerte le parecía deseable; la esperaba de su dolor o estaba resuelta a causársela. Un resto de vergüenza le obligó a decir que sentía dolores excesivos, para tener un pretexto para sus gritos y sus lágrimas. Mil adversidades le hicieron volver sobre sí misma y comprendió que las había merecido; la naturaleza y el cristianismo la desviaron de convertirse en homicida de sí misma, y suspendieron la ejecución de lo que ya había decidido.

Hacía mucho rato que se encontraba sumida en esos violentos dolores cuando el conde de Tende llegó. Ella creía conocer todos los sentimientos que su triste estado podía inspirarle; pero la llegada de su marido le produjo una turbación y una confusión que le resultaron nuevas. Al llegar, el conde supo que su esposa estaba enferma, y, como siempre había conservado apariencias de honestidad a los ojos del público y de la servidumbre, se dirigió en primer lugar a su habitación; la encontró como una persona enajenada y sin poder reprimir sus lágrimas, que atribuía a los dolores que la atormentaban. El conde, conmovido por el estado en que la veía, se enterneció y, creyendo distraerla de sus dolores, le habló de la muerte del príncipe de Navarre y de la aflicción de su esposa.

La de la señora de Tende no pudo soportar aquella conversación; sus lágrimas se acrecentaron de tal manera que el conde quedó muy sorprendido y casi advertido: salió de la habitación confuso e inquieto; le pareció que su esposa no se hallaba en el estado que producen los dolores del cuerpo; el aumento de lágrimas cuando le había hablado de la muerte del príncipe de Navarre le había impresionado; y, de repente, la aventura de encontrar a aquél de rodillas junto al lecho de su esposa se le vino a la memoria; recordó la actitud que la condesa había adoptado para con él cuando quiso volver con ella y creyó comprender la verdad; pero le quedaba no obstante la duda que el amor propio nos deja siempre respecto a las cosas que cuesta demasiado creer.

Su desesperación fue extrema y todas sus ideas violentas; pero como era mesurado, reprimió sus primeros impulsos y decidió marcharse al día siguiente al amanecer, sin ver a su esposa, confiando en que el tiempo le daría mayor certeza y ocasión de tomar decisiones.

Por muy sumida en el dolor que se encontrara la señora de Tende, no había dejado de percatarse del poco dominio de sí misma que había demostrado, y de la expresión con la que su marido había salido de su habitación; sospechó una parte de la verdad y, no teniendo ya sino horror por la vida, decidió perder ésta de una manera que no la privara de la esperanza en la vida eterna.

Después de haber sopesado lo que iba a hacer, con agitación mortal, tocada de sus tristezas y del arrepentimiento de su falta, se decidió por fin a escribirle a su esposo estas líneas:

Esta carta va a costarme la vida, pero merezco la muerte y la deseo. Estoy embarazada; el que es la causa de mi tristeza ya no está en este mundo, lo mismo que el único hombre que conocía nuestra relación; el público no la sospechó jamás. Había resuelto ponerle fin a mi vida con mis propias manos, pero se la ofrezco a Dios y a vos, como expiación de mi crimen. No he querido deshonrarme a los ojos del mundo porque mi reputación también os afecta; conservadla por amor hacía vos mismo. Voy a mostrar el estado en que me encuentro; ocultad la vergüenza del mismo y hacedme perecer, cuando queráis y como queráis.

El día comenzaba cuando terminó esta carta, la más difícil de escribir que jamás haya sido escrita; la cerró y se acercó a la ventana; y como vio al conde en el patio a punto de subir a su carroza, envió a una de sus doncellas a llevársela y a decirle que no contenía nada urgente, que la leyera cuando gustase. El conde se sorprendió por aquella carta; tuvo una especie de presentimiento, no de todo lo que en ella iba a encontrar, pero sí de algo que tuviera relación con lo que había sospechado la víspera. Se subió solo a la carroza, inquieto y sin atreverse a abrir la carta, pese a la impaciencia que tenía por leerla; la leyó por fin, y conoció toda su vergüenza ¡qué no pensaría después de haberla leído! Si hubiera habido testigos, el violento estado en que estaba lo habría hecho creer privado de razón, o a punto de perder la vida. Los celos y las sospechas bien fundadas preparan de ordinario a los maridos para conocer su desgracia, incluso siempre les quedan algunas dudas, pero pocas veces tienen la certidumbre que proporciona la confesión, que está por encima de nuestra inteligencia.

El conde de Tende había encontrado siempre a su esposa digna de ser amada aunque él no la hubiera amado de forma continuada; siempre le había parecido la mujer más estimable que hubiera visto jamás, por lo que en aquellos momentos no sentía menos sorpresa que furor, y pese a una y al otro, sentía aún, en contra de su voluntad, un dolor en el que había algo de ternura.

Se detuvo en una casa que encontró en su camino, en la que pasó unos días agitado y afligido, como puede imaginarse; primero pensó todo lo que es natural pensar en semejante situación; pensaba en hacer morir a su esposa, pero la muerte del príncipe de Navarre y la de La Lande, que reconoció fácilmente como el confidente, suavizaron un poco su furor; pensó que el matrimonio del príncipe de Navarre podía haber engañado a todo el mundo, puesto que él mismo lo había sido. Después de una evidencia tan grande como la que se había presentado ante sus ojos, la total ignorancia del público respecto a su desgracia le supuso un alivio; pero las circunstancias que le hacían ver hasta qué punto y de qué manera había sido engañado, le traspasaban el corazón y sólo respiraba venganza. Pensó, no obstante, que si hacía morir a su esposa y se percataban de que estaba embarazada, se sospecharía fácilmente la verdad. Como era el hombre más orgulloso del mundo, adoptó la decisión que más convenía a su gloria y resolvió no dejar ver nada al público. Con esta idea, envió un gentilhombre con esta nota para la condesa:

El deseo de impedir el escándalo de mi vergüenza puede más en estos momentos que mi deseo de venganza; ya veré más tarde qué decido respecto a vuestro indigno destino; conducíos como si hubierais sido siempre lo que debíais ser.

La condesa recibió la nota con alegría; la consideró como su pena de muerte; y cuando vio que su marido consentía que dejara ver su embarazo, comprendió que la vergüenza es la más violenta de todas las pasiones: encontró una especie de tranquilidad al sentirse segura de morir y al ver su reputación preservada; ya no pensó sino en prepararse para morir, y como era una persona en la que todos los sentimientos eran vivos, abrazó la virtud y la penitencia con el mismo ardor con que se había entregado a su pasión. Su alma se encontraba, por otra parte, desengañada y sumida en la aflicción; no podía detener los ojos en ninguna cosa de esta vida sin que le resultara más ruda que la muerte misma, de tal forma que no veía remedio a su dolor sino por el final de su desgraciada existencia. Pasó algún tiempo en este estado, pareciendo más muerta que viva; finalmente, hacia el sexto mes de embarazo, su cuerpo sucumbió, una fiebre continuada la atrapó y dio a luz por la violencia de su mal; tuvo el consuelo de ver a su hijo vivo, de estar segura de que no podía sobrevivir, y de que no le daría a su marido un heredero ilegítimo: ella misma expiró unos días después recibiendo la muerte con una alegría que nadie ha sentido jamás; encargó a su confesor que trasmitiera a su esposo la noticia de su muerte, le pidiera perdón en su nombre y le suplicara que olvidara su recuerdo, que sólo podía resultarle odioso.

El conde de Tende recibió la noticia sin inhumanidad, e incluso con algunos sentimientos de piedad, pero con alegría, no obstante. Aunque aún era bastante joven, no quiso volver a casarse y vivió hasta una edad muy avanzada

Gracias

Esta mañana al encender el ordenador me he dado una alegría tremenda, porque lo primero que he leído las palabras "EN ESTE BLOG SE RESPETA LA LIBERTAD DE EXPRESIÓN"

Mi más sincera felicitación a los amigos de Barbacana por su comunicado, la verdad es que no esperaba menos, porque sigo pensando que la única sensibilidad que se ha podido herir aquí es la de los anónimos, que nos han dicho de todo menos bonitos. Me alegra saber que ningún ciudadano de los que aquí escriben nos pueda llamar la atención por el hecho de ser anónimos. Un saludo a todos

 

Y continuaremos subiendo

Y continuaremos subiendo

IV Jornadas de Castellología Aragonesa

Hola amigos, ya tenemos decidido el tema de las IV Jornadas de Castellología que se celebrarán en Calatorao en Noviembre de 2008. Según ha sido publicado en la revista Castillos de Aragón, nº 7 de Noviembre, por la asociación ARCA, las próximas jornadas versarán sobre "la Guerra de la Independencia", como no podía ser de otra manera, en el año en que se cumplen los 200 años de esta contienda que marcó de una manera tan importante nuestra historia. De la mano de especialistas daremos un repaso a murallas y ciudades fortaleza que se defendieron de una forma destacable. También habrá actos lúdicos y recreaciones de la época. Suponemos que el acontecimiento de la Guerra de la Independencia, tan extraordinario como es el de la Expo, no pasará desapercibido para ninguna institución, aunque muy denso se nos antoja este 2008. Nosotros, de todas maneras, aportaremos nuestro granito de arena.

Por la paz

Ayer oí en onda cero con motivo de este día que en China a las mujeres que tenían un condon en su bolso, las encarcelan y las tratan muy mal, que mal suena esto ¿verdad?. Y es que donde haya una democracia que se quite lo demás. Hoy es un día muy especial parar la gente de paz, porque al fín vemos unidos a todos contra el terrorismo, pero desgraciadamente dos personas han vuelto a perder la vida, aunque uno este en coma, es igual que si lo hubieran matado, ES UN HORROR, esperamos que esto acabe de una vez y que se consigan los propositos que la mayoría de la gente tenemos " VIVIR EN PAZ"

A todas...

El pasado veinticinco de Noviembre se celebraba el Día en contra de la violencia de género, hoy he encontrado algo bonito para todas "Ellas"... sobre todo para dedicar a todas aquellas que no tienen derecho a gritar "basta", y sobre todo para que su sociedad se crea estas palabras que Luis Enrique Mejía Godoy puso a una de sus canciones

MUJER DE CARNE Y HUESO

La mujer es un planeta con heridas en el alma
Cinco siglo calle arriba luchando por su alborada
La mujer es un poema desangrado en mi guitarra
Mar violento, río dulce, barro rojo, caña brava.
La mujer es el futuro en los ojos de mi madre
En las manos de mi hija y en el vientre de mi patria...!

MUJER DE CARNE Y HUESO
COLOR DE MARAVILLA
VASIJA DONDE EL VIENTO PUSO LUZ
PARA INVENTAR LA VIDA

MUJER DEL SIGLO NUEVO
PAISAJE RECOBRADO
VUELO DE MARIPOSA, EXPLICACION
DE TODO LO CREADO

MUJER DE TANTA HISTORIA
Y DE TANTA FATIGA
MUJER QUE A LA MEMORIA
DE MI SANGRE
LE DISTE FANTASIA

MUJER DE LUNA TIERNA
Y DE TANTA POESIA
ORQUIDEA DESANGRADA
QUE EN SILENCIO Y POR AMOR
ME DIO LA VIDA

 

 

jupiter, el de siempre

jupiter, el de siempre

Yo como algunos de vosotros decidí escribir en este foro con un seudónimo, cosa que aquí se respeta mientras tú hagas lo mismo. Hoy ha sido mi sorpresa al leer este foro, que alguien, seguramente por desconocimiento, la utilización de "jupiter" como seudónimo. A esta persona me gustaría pedirle que tome otro seudónimo, no es por prepotencia esta petición sino porque ya que todos conocen mis opiniones y escritos con este seudónimo desde hace un tiempo. Aunque no escriba muy a menudo, lo hago.

Aprovecho para saludar  a todo el mundo hoy que me he puesto a la faena de escribir. Dar la bienvenida a todos que han decidido escribir. Dar un beso a todos aquellos que durante mucho tiempo han escrito y han tomado la decisión de dejarlo(el motivo no lo tengo muy claro ya que no he leído todo, todo) se que seguireis leyendo, espero que algún día tomeis la decision de volver yo era uno de esos que me gustaba leer vuestros escritos y si alguno no me interesaba o no me gustaba, no lo leía o opinaba..., con mucho respeto.

Como bien dice nuestro refranero, que es sabio, "para vestir a un santo no hay que desvestir a otro" por ello decios a todos que me gustan vuestros escritos. Pero quiero dejar claro que este lugar que nuestro amigos de Barbacan nos han preparado es par "comunicarnos""hablarnos""contarnos""intercambiar opiniones"... en fín para estar un poco más cerca todos aquellos que nos une algo, el cariño que le tenemos a este pueblo llamado Calatorao, que nos une a todos y nos pone en común. Por ello no podemos entrar ni a codazos, ni a empujones... En este lugar cabemos todos, y todos hacemos estes lugar.

Besos... A TODOSChulo

PARA "LUIS MATEO DIEZ"

Buenos dias :

    Estas por ahi? me parece mas correcto que dejes aqui el recado, seguro que Urria se pone en contacto contigo.

    Buen fin de semana

La amistad

Un tema difícil de tratar es el de la amistad. Uno se pregunta: ¿Qué es?¡Caramba; pues eso es! Ni nada más, ni nada menos. Para qué nos metemos en problemas. Una persona expresó, hace algún tiempo, la atrevida y simple hipótesis de que “la amistad sólo se da de protector a protegido y de protegido a protector” ¡Qué feo suena! ¿verdad? Supone ello una cierta misantropía. Pero… veamos: Desde luego que un elemento esencial en la amistad es la simpatía, que, como en el amor, se puede dar a primera vista. Otro elemento, también esencial, es la lealtad, que implica verdad y buena fe. Sólo que, estas implicaciones, si son raras.Pues bien, de la atrevida hipótesis, cabe señalar que la situación entre protector y protegido puede ser cambiante, pues muchas veces el protector pasa a ser protegido. La cuestión es que ambas circunstancias estén dispuestas al cambio. En una real amistad así debe ser, pero por orgullo en unos casos y por ingratitud en otros, no suele suceder. La palabra amistad nos evoca un concepto ligero. Lo usamos con mucha facilidad. Creemos que con un trato ligero o de simple presentación, podemos conocer a alguien. Como ya dijimos, la simpatía puede darse desde luego, pero, ¿podrán darse de los otros efectos que son menester: verdad y buena fe? Cuando entre nosotros nace el sentimiento de la amistad, uno supone de inmediato la reciprocidad y el reconocimiento de ciertos valores que, para cada parte, resultan superiores o por lo menos próximos a nuestra propia convicción. Además siento que la amistad no se puede medir. Se es amigo o no. No va de menos a más o a la inversa. La amistad, diríamos, es un concepto filosófico que nos llevaría a una serie de disquisiciones. Pero el objeto de estas líneas no es ése. Es, simplemente, despertar al lector algún interés sobre el tema, pues pensamos y creemos que es correcto, que cada uno de nosotros es poseedor de su verdad. “Justo es lo justo”. Nos dirían y así lo pensamos. Pero, ¿estaré en buena tesitura para aseverar y comparar este problema filosófico con el de la amistad? Sabemos, queridos lectores, que lo estrictamente justo no funciona: Un émbolo estrictamente ajustado a un cilindro, no tendría movimiento; pero si lo tiene, encontramos la explicación: ¡Ya no está justo! Tiene cierto desliz. Pues bien, la amistad tiene ciertos deslices naturales que uno debe entender. La vida es así. Imaginemos la perfección, y caeremos en cuenta de que ésta no es posible en el actuar de los humanos. Muchas actitudes nuestras no son justificables. “Justo sólo es el justo”, pero si explicable hasta el punto en que no rebasen los límites de lo normal. Y nos viene una pregunta: ¿Qué es lo normal? ¡Cuestión de enfoques…!

Tenemos que reparar en el afecto mutuo entre personas, también necesario en la amistad, pues de no existir este afecto, sólo habría una relación: empresarial, comercial, política, laboral, de equipo u otras. Entonces , ¿porqué a todo mundo, y con tanta facilidad le llamamos amigo? Es una tendencia humana que quizá sea buena.Ya es una ganancia no decir, tan fácil, que alguien es nuestro enemigo.

Buenos días


Cada uno esta solo sobre el corazón de la tierra traspasado por un rayo de sol y enseguida anocheche.
Salvatore Quasimodo

Amanece un poco tarde (por eso de que es sábado)y un resplandeciente sol se asoma a mi ventana, os deseo un buen fín de semana a todos y muy especialmente:

A los que me regalan soles para mis días: mis padres y hermanos, mis sobrinos , mis amigos, y mi pueblo "Calatorao"

Mudanza

Perdonad el pobre (más bien nulo) rendimiento de esta semana pasada. Estoy de mudanza en casa, he pedido 10 días de vacaciones para arreglar todo el papeleo y el traslado y no he podido dedicarle al blog más que unos minutos. Ahora mismo desconecto el ordenador (el último “mueble” en salir de casa), he avisado al operador para que me den de alta en mi nuevo domicilio, y me han prometido que no tardarán más de 10 días. Mientras tanto no podré dedicaros más que alguna que otra escapadita desde la oficina (mañana me reincorporo) pero no será todo lo profunda que yo quisiera. Hasta entonces os ruego un poquito de paciencia… no os vayais muy lejos